Cuando lo vieron a lo lejos, les pareció imposible. Era un sitio con pastos verdes, árboles sin nieve y de tonos cálidos y vivos. No se parecía en nada a lo que los rodeaba: montículos de nieve que llegaban hasta las rodillas y colores pálidos tan fríos como el aire. El lugar a lo lejos parecía un paraíso, una especie de tierra prometida.
Vaynir había liderado el avance desde hacía unos días, después de que el viejo Raimnos tuviera que ser llevado en un trineo a causa de una fiebre por haber caído en agua helada tras romperse el hielo en el que el grupo caminaba. Guió a todos con una pequeña antorcha que luchaba, al igual que ellos, contra el viento y la nieve por mantenerse viva. Fue el primero en ver el lugar; todos gritaron alegres y sintieron una descarga de energía, un último empujón para poder llegar a un sitio mejor.
Era cálido, sin ninguna pista de hielo o nieve. Vaynir incluso sintió algo que nunca pensó experimentar en su vida: calor. Se quitó todas y cada una de las prendas que le mantenían caliente en el frío invierno del continente. La gente se abrazó y rio alegremente; algunos empezaron a celebrar bailando y gritando.
—¡Lo logramos! —dijo Pakvia, una de las mujeres del grupo. —¡Es increíble! —exclamó otro de los hombres.
Vaynir se dejó caer en el suave césped frente a él, disfrutando el tacto de todas las pequeñas plantas. —¿Es de verdad? —susurró para sí, aún incrédulo de que algo así existiera.
No tardaron mucho en preparar un campamento; sería provisional en lo que se construían casas más complejas y preparadas para poder vivir de forma permanente en el lugar. No eran más de cuarenta personas. Todos sabían qué debían hacer y cómo hacerlo, pues llevaban meses trabajando juntos para encontrar algún lugar donde vivir. Asentar al grupo sería lo menos difícil del viaje. Vaynir imaginó el futuro de todos en este lugar: podrían por fin empezar a encontrar comida y podrían usar la nieve y derretirla para poder beber agua. Raimnos podría vencer su fiebre y volver al mando del grupo.
—¡Vaynir! —le gritó alguien a lo lejos. Una chica, de unos quince años, delgada y de pelo largo, corrió hasta él agitando los brazos. —¿Sucede algo? —dijo con calma, dejando a un lado las cosas que llevaba. —Tienes que venir a ver lo que encontramos, Pakvia me pidió que te avisara.
Vaynir y un grupo de personas siguieron a la chica, quien no dio más detalles de lo que habían encontrado salvo que era «una llama». Vaynir pensó que se había iniciado un incendio, pero cuando vio a Pakvia fuera de una cueva esperándolo, no tuvo idea de qué esperar.
—Vaynir, es hermosa, tienes que verla —le dijo la mujer con calma, haciéndole una seña para que le siguiera dentro de la cueva.
No tuvo que entrar del todo. Era tan brillante que lastimaba un poco la vista. Una llama flotaba en el interior del lugar, sin ningún madero, tela o aceite que la alimentase. El hombre se acercó a la llama con cautela y pasó su mano por debajo de ella esperando tocar algo que la sostuviera. Cortó un trozo de tela de sus ropas y la lanzó al fuego. Ardió como haría en cualquier fogata. El fuego bailó un poco con una brisa de aire frío que recorrió la cueva. La temperatura bajó tanto que Vaynir deseó no haberse quitado sus abrigos.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó una voz detrás de él, con molestia y apatía. Vaynir incluso logró percibir altanería.
Una mujer, casi tan alta como la cueva, de tez pálida y blanca, vestida con abrigos de piel y accesorios con diamantes tan brillantes que era imposible que pasaran desapercibidos, llevaba una ushanka en la cabeza con las orejeras bien guardadas y un rubí incrustado en el frente. Vaynir sabía bien quién era, pues le habían dicho desde pequeño quién gobernaba esas tierras: Virue, la diosa del Aire.
—Acabamos de encontrar esta llama —respondió Vaynir con cautela; sabía que la diosa no era alguien con quien fuera grato tratar. Aunque sabía que no era mala, solo tenía un temperamento desagradable.
Virue suspiró, molesta. —No me refería a aquí en la cueva, me refería a aquí en esta zona, en este lugar. —Cruzó los brazos y miró hacia abajo para ver al hombre.
—Buscamos refugio —contestó Vaynir. Decidió ser directo; tal vez con un poco de suerte incluso podría pedir a la diosa algo de ayuda.
—Mal lugar para buscarlo. No tienen permitido estar aquí. Retírense —exclamó Virue, sin atisbo de duda y usando su poder como diosa para imponer su voluntad.
—Pero hemos estado vagando durante meses en el frío y la nieve, muchos han muerto y ya casi no nos queda comida ni agua; los bebés que traíamos con nosotros no han sobrevivido. Este lugar es perfecto. Por favor, Obria nos prometió que alguien cuidaría de nosotros y que tendríamos todo lo que necesitaríamos —suplicó el hombre.
—Yo no hice esa promesa —replicó la diosa.
—Pero… —La diosa se acercó al hombre con pasos rápidos; Vaynir dejó de hablar. La mujer se inclinó y frunció el ceño viéndolo de arriba abajo.
—Yo no los creé, tampoco les prometí nada. No tengo deuda alguna con ustedes, este lugar no fue creado para ustedes y tampoco los quiero aquí. ¿Quedó claro? ¡Si a alguien le quieres reprochar tu existencia miserable que sea a Obria! —Virue elevó la voz mientras hablaba; ráfagas de aire helado golpearon las mejillas de Vaynir, que sintió cómo de nuevo le comenzó a arder el rostro por el frío.
—Virue, por favor. —Pakvia se acercó a Vaynir interponiéndose entre él y la diosa—. Solo estamos buscando una vida tranquila, así como tú. Te lo suplico, ayúdanos solo esta vez y te dejaremos en paz, no volveremos a pedir tu ayuda nunca.
La cueva se quedó en silencio algunos segundos. Vaynir logró ver la duda en la mirada de Virue. La diosa respiró con fuerza y miró un segundo la llama. Dio un golpe en el suelo con su pie derecho y de nuevo una ráfaga de aire golpeó a los humanos.
—Sigan el sendero. Los llevará a un sitio parecido a este. No tarden mucho, el sendero desaparecerá pronto. Los quiero fuera de aquí lo más pronto posible. Y sobre todo, no toquen la llama. ¿Entendido? —Virue salió de la cueva sin esperar respuesta.
Cuando Vaynir y Pakvia salieron, vieron el sendero del que Virue hablaba. Un túnel hecho de aire brotaba de la zona cálida; no había nieve ni tampoco hielo.
Tardaron unas horas en levantar el campamento y seguir el camino. El túnel no era frío y los protegía de todos los peligros del clima. Caminaron durante algunas horas hasta que llegaron a una costa, donde el túnel desapareció.
El lugar seguía siendo frío, pero era soportable; un bosque les protegía de las corrientes de aire heladas y un río corría hasta la costa con agua cristalina y pura. Algunas bayas crecían de arbustos que tenían un poco de nieve en sus hojas y lograron ver a lo lejos algunos alces y cervatillos. No era igual a la zona cálida, pero Virue había cumplido su palabra: estaba todo lo que necesitaban. Seguía siendo frío pero a eso ya estaban acostumbrados; además, eso les recordaría por siempre quién les había ayudado.